Cuesta coger el ritmo a estas madrugadas para llevar a los hijos al colegio; apenas clarea cuando se sientan ojerosos frente a la mesa del desayuno y resulta difícil estimular su apetito cuando las líneas de las sábanas permanecen adheridas a su piel. Pero es oler el aroma del bizcocho y despertar sus sentidos a un nuevo día. Entonces el frenesí se apodera de ellos y toman su primera comida con alegría y confianza. Me siento satisfecha sabiendo que es un producto casero, sano y equilibrado que les aportará la energía con que afrontar estas primeras jornadas educativas. Volverán reclamando otro pedazo antes de que se acabe. ¿Quedará para entonces? Quién sabe, quizás lo cuente.