Aquí rara vez nieva; así que pegados los rostros a la mesa vemos descender el azúcar glass sobre los mantecados. Mantenemos la respiración durante el vuelo y procuramos no dejar la huella en su superficie. Candela traza pequeños surcos con sus dedos en cuanto nos damos la vuelta y acusa a su hermano de provocar su acción. No podemos por menos que reírnos al observar el blanco pegado a su nariz, a la comisura de los labios y en la yema de sus dedos. Todos acabamos en una carcajada contagiosa antes de empezar a comer estas pequeñas delicias blancas. Sería pecado privarse de este pequeño placer. ¿Lo vas a hacer tú?